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Alfonso Orejel abandonó su vida acuática en 1961, en un pueblo fantasmal llamado Los Mochis, cuya temperatura hace que las llamas parezcan caricias. Durante su infancia, lo acompañaron juguetes, maniquíes mutilados, muchos hermanos y una mamá que era un venero de historias entrañables y siniestras. Los libros y discos abandonados por sus hermanos le abrieron ventanas a otros mundos. Soñó con ser veterinario o explorador del centro de la Tierra, pero nunca escritor. Duerme con una pluma y una libreta junto a su cama, para anotar las pesadillas que su caótica mente le dicta. Luego, debe apresurarse a convertir esas notas en historias; si no, corre el riesgo de que sus propios dedos, deseperados lo estrangulen. |