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Marta García Renart ha seguido caminos que se unen al conjuro de un espíritu para el que música y familia, docencia y letras podrán diferenciarse en sus formas, pero nunca en la esencia. Educada dentro de una estirpe catalana que profesó la religión del profeta Pablo Casals, su formación incipiente con Francisco Agea y Pedro Michaca floreció después con Rudolf Serkin.
Su carrera, que pudo apuntar hacia el concertismo convencional del piano, se abrió en un abanico que abarcaba la dirección coral y las clases; música de cámara y apariciones de solista. Tocada por el estro creativo, una de sus más recientes producciones pisa los terrenos de la escena con la ópera mínima de bolsillo La olla de las once orejas, que muestra su inventiva sonora y su capacidad para usar la palabra como elemento multiexpresivo, al amparo de dos voces femeninas, una flauta, un piano, un trombón y una guitarra.
Radicada en Querétaro, trotamundos que pasea su mensaje por todos los ámbitos, y en todos deja un remanente saludable forjado de presencia musical y humana, la Marta García Renart que aquí leemos no es la que hubiésemos conocido hace cuarenta años, pero tampoco deja de serlo. El blanco y el negro del que habla la autora, mucho más que el de un teclado del piano, es el de una intensa vida.
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